domingo, 28 de diciembre de 2014

Lágrimas del cielo

 Estaba en la cama como de costumbre, dándole vueltas a todo. Reflexionando sobre porque mi corazón había quedado tan vacío. Las horas pasaban lentas. Era un día más, tan solo eso. Mi mente estaba llena de pensamientos poseídos por un amor que quedó en el pasado. Juramos que si esto acababa todo volvería a ser como antes, pero es lo típico que se dice ¿No? Es tan imposible estar bien con alguien que era tu todo y ahora ya no es nada porque sus palabras lo quisieron así, pero sin embargo, la echaba de menos. Su sonrisa iluminaba mi vida, porque al fin y al cabo yo era un ángel caído que había quedado encerrado en un mundo oscuro. Su cariño hizo que mis alas crecieran. Estaba en el cielo, o así me sentía cuando sus palabras rozaban mis labios. La amaba de verdad y desgraciadamente se escapó una flecha entre las delicadas manos de Cupido. Una flecha que dolió mucho menos que el sinsentido que estoy viviendo sin ella. Sin sus dulces ojos azules que transmitían felicidad y timidez cuando mi boca decía todo lo bonito que no creía ser…cuando mis poemas erizaban su piel. No podía soportarlo. Fuimos como el fuego y el final acabo quemándome. Recordarlo me hiela por dentro. Noto su dolorosa ausencia en este frío invierno...

Deseaba despertar en algún momento de esa maldita pesadilla que no me dejaba ver la luz del sol, ni su hermosa alma que ya tenía el nombre de otro. Me faltaba el aire al pensar que ya no respirábamos el mismo. Ya no sentía el olor de esa rosa que cogí para adornarla aún siendo ella más bonita, porque quizás ya me olvidó y en el olvido, una rosa sin agua se marchita. Un sueño sin color no dura tantos días, pero no podía asumir esta realidad que estaba viviendo. Esperaba una llamada suya, algo que me hiciera sentir vivo, no quería sentir más mi corazón partido. No aguantaba más la espera. Mirar su foto, añorar su risa…deseaba escuchar su voz, pero apretar aquel botón era penoso, humillante. Habían pasado meses y yo seguía enamorado. Odiaba dar vueltas y vueltas entre las mantas, imaginando que algún día volveríamos a enredar nuestras miradas. 


Vuelvo a ver las lágrimas del cielo, gris desde aquel momento en el cual el viento se llevó todas nuestras promesas. Apagué la luz y cerré los ojos. Mi mente me llevó hacia un lugar el cual desconocía totalmente. Estaba en un tren viejo y solitario. Pasaba por un túnel, mientras oía la lluvia chocar contra el cristal de mi ventana. Había tormenta. Todo era de un negro fuera de lo común; como si todo hubiese desaparecido en el fin de una lágrima cayendo por mi mejilla. Las tinieblas perseguían un alma, quizás. Podía escuchar sus pasos cada vez más y más apresurados como los latidos de mi corazón. Podía notarlos también, podía sentir el miedo, podía descifrar la melodía que con calma susurraban sus pensamientos. Giró su rostro y vi como sus luceros querían alejarse para siempre, mostrando una imagen de temor y tristeza. Eran semejantes al mar, de un agua clara casi cristalina, mostrando un belleza infinita, sin embargo, podía ver el final. Podía ver en ellos un rápido atardecer. Era precioso pero me hacía sentir herido. Estaba anocheciendo en sus ojos; era lo único que podía descubrir. Poco a poco débiles destellos me decían que ya nada quedaba. Todo desapareció, todo se desvaneció por un segundo... 

Se marchó. Me vi cayendo en un hoyo profundo donde toda la magia que habíamos creado se fue. Mis alas ya no volverían a crecer. No aguantaba más estar así, ansiaba morir. Aquel agujero parecía interminable. Yo gritaba abandonando mi voz, mi perdida alma mostraba desesperación. ¿Cuál era mi destino?  Necesitaba una respuesta. Un lamento salió de mis ojos. Noté como el tiempo transcurría despacio. Observé aquella gota descender hacia aquel fondo sin aspecto alguno. Todo se había parado. Sentí como el destino me la devolvió mojando mi cara. De nuevo me vi hundiéndome a una velocidad inimaginable, sintiendo un impacto inexistente. Desperté y allí estaba, en mi cama. Tan solo había sido terrible visión en mi cabeza. Su falta me estaba comiendo por dentro. La necesitaba. Su amor me hacía fuerte. Ahora tan solo se que soy un ángel débil que vivirá por siempre en el recuerdo de un corazón sin cariño.

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